
Durante años, cuando quería ir al Low Festival, tenía que hacer la maleta. Este verano, por primera vez, bastó con coger las llaves de casa.
No es un detalle menor. La llegada del festival a Torrevieja supone mucho más que un cambio de ubicación. Es una oportunidad para que la ciudad demuestre que puede aspirar a una oferta cultural de mayor alcance y romper, al menos durante unos días, esa vieja idea de que aquí el verano solo se mide en playas y chiringuitos.
Perro empezaba a las 18:45.
Demasiado pronto para un festival celebrado a principios de agosto. Cuando crucé la puerta del recinto, el concierto estaba terminando. Fue la primera decisión que tomó el festival por mí.
Hace tiempo que dejé de entender los festivales como una carrera para acumular conciertos. A estas alturas de la vida prefiero otra cosa: elegir. Escuchar a quienes realmente me interesan y dejar siempre un margen para la sorpresa. Un buen festival no es el que consigue que lo veas todo; es el que hace que, cuando vuelves a casa, todavía sigas pensando en aquello que no viste.
Por eso esta no pretende ser la crónica completa del primer Low Festival celebrado en Torrevieja. Es, como anuncia el título, una crítica parcial. Estuve el viernes y el sábado. El domingo las ganas seguían intactas, pero el cuerpo empezó a emitir un comunicado que convenía atender.
El Parque Antonio Soria superó la prueba con nota. Para una primera edición, el recinto resultó cómodo, bien dimensionado y con un ambiente que invitaba a pensar que el festival puede encontrar aquí un futuro estable. Hubo algunos solapes de sonido entre escenarios y aspectos organizativos mejorables, pero nada que empañara seriamente la experiencia.
Mi primer concierto completo fue León Benavente. En realidad debería haber sido Perro, y esa pequeña espina me acompañó todo el fin de semana. León Benavente sigue siendo una de las bandas más sólidas del panorama nacional. Todo funciona con una precisión admirable. Quizá demasiado. Echo de menos el vértigo de sus primeros años, cuando parecía que cualquier canción podía romper el guion. Hoy son una maquinaria perfectamente engrasada. Excelente, sí. También algo previsible.
El viernes continuó entre escenarios y pequeñas renuncias. De Rufus T. Firefly y Ginebras apenas escuché unas pocas canciones, suficientes para querer volver a verlos fuera del contexto acelerado de un festival. Iván Ferreiro volvió a demostrar que nadie maneja la melancolía con tanta elegancia. Fangoria ofreció un espectáculo correcto y perfectamente reconocible, aunque eché en falta algo más de riesgo.
Pensaba cerrar la noche con Kasabian. Hubo un tiempo en que habría esperado sin pensarlo. Esta vez decidí marcharme. También existe una forma adulta de disfrutar un festival: irse antes de que el cansancio estropee el recuerdo; convencido de haberte perdido algo y, aun así, quedar completamente satisfecho.
El sábado volvió a empezar a las 18:45.
Esta vez no llegué tarde.
Sobre el escenario estaba Mala Gestión.
No sé dónde estarán dentro de diez años. Lo que sí sé es que tocaron como si aquel concierto pudiera cambiarles la vida. Guitarras afiladas, una sección rítmica impecable y un vocalista de aparente pasividad, pero con una ironía que atravesaba cada canción. No transmitían la seguridad de quien ya tiene un lugar ganado, sino el hambre de quien todavía necesita conquistar al público. Y eso, en estos tiempos, vale mucho.
Fue el descubrimiento del festival.
Después llegaron Alcalá Norte. Solo vi tres canciones, entre ellas La vida cañón. Venían justo detrás de Mala Gestión y esa comparación no les favorecía. No terminaron de engancharme, aunque sería injusto juzgarlos por una escucha tan breve. Hay grupos que necesitan un concierto entero para desplegar todo lo que llevan dentro.
Y entonces llegaron The Hives.
No dieron simplemente el mejor concierto del festival. Dieron una lección de por qué el rock sigue siendo un espectáculo físico. Cinco músicos, cinco globos como atrezzo en el escenario y un Pelle Almqvist descomunal bastaron para demostrar que la actitud continúa siendo el mejor efecto especial. Cada gesto parecía improvisado; precisamente por eso se intuía milimétricamente ensayado. Carisma, precisión y una energía que convirtió el concierto en una exhibición de autoridad. Salí convencido de haber visto el gran momento del Low.
La noche continuó con Love of Lesbian, capaces de mantener intacta su extraordinaria conexión con el público, y con Ojete Calor, que volvieron a demostrar que el humor también puede ser una forma muy seria de entender la música.
Renuncié a Ultraligera y a La Paloma y Nuevos Vicios, dos bandas que me apetecía descubrir. Preferí pasar un rato por la zona de DJs, conversar con amigos y disfrutar del ambiente sin mirar continuamente el reloj. Un festival también sucede en esos momentos en los que uno deja de correr de un escenario a otro.
Editors y Cycle quedaban ya demasiado lejos para mis piernas, aunque no para mi curiosidad.
Al terminar el fin de semana me quedó una certeza. El futuro del Low en Torrevieja no dependerá solo de traer grandes nombres. Dependerá de seguir ofreciendo espacio para que grupos como Mala Gestión sorprendan a quienes ni siquiera habían ido a verlos. Los cabezas de cartel venden entradas. Los descubrimientos construyen la personalidad de un festival.
Cuando pienso en este primer Low en Torrevieja, mi memoria vuelve a The Hives y a Mala Gestión. Pero también vuelve, inevitablemente, a Perro, el concierto al que casi llegué. Es curioso: los mejores festivales no se recuerdan únicamente por lo que viste, sino también por aquello que estuvo a punto de ocurrir y se escapó por unos minutos.
El año que viene, cuando el Low vuelva a Torrevieja, allí estaré. A las 18:30.
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