
El domingo 16 de agosto había que elegir.
No era una elección especialmente dramática, pero sí bastante representativa de lo que está ocurriendo este verano en Torrevieja. Después de meses en los que la ciudad ha ido acumulando conciertos, festivales, exposiciones, teatro, música, fiestas y todo tipo de propuestas, llega un momento en que resulta imposible estar en todas partes.
Ese domingo, el Parque Doña Sinforosa acogía, entre las seis de la tarde y la una y media de la madrugada, la segunda edición de Casa Abierta, de la que ya comenté algunos detalles en mi artículo de la semana pasada.
El día anterior, sábado 15, el Parque Antonio Soria había acogido a Leiva, encargado de cerrar Brilla Torrevieja. Unas semanas antes, la ciudad había vivido la primera edición del Low Festival en Torrevieja.
No son acontecimientos comparables. Ni falta que hace.
Un concierto de Leiva juega en otra liga de convocatoria que una iniciativa como Casa Abierta. Un festival como Low necesita una infraestructura y una producción de otra dimensión. Precisamente por eso resulta interesante ponerlos juntos sobre la mesa. Los tres forman parte de una misma fotografía: la de una Torrevieja convertida en ciudad de acontecimientos culturales.
El Ayuntamiento presentó este verano precisamente en esos términos su apuesta por los grandes festivales, con Low Festival, Brilla y BIGSOUND como pilares de esa estrategia, aunque este último se cayó del cartel hace meses.
Y me parece una apuesta perfectamente legítima. Incluso necesaria.
Torrevieja necesita acontecimientos capaces de atraer público, generar actividad económica y proyectar una imagen más allá del sol y la playa. Los grandes conciertos cumplen esa función. Pero existe otra cultura que difícilmente puede medirse en decibelios, número de entradas vendidas o capacidad de un recinto.
Es la cultura de proximidad.
Y ahí es donde Casa Abierta resulta especialmente interesante. Su propuesta no consistía en reunir a miles de personas alrededor de un único nombre, sino en conseguir que durante unas horas distintas disciplinas convivieran en un mismo lugar. Arte, música, moda, cine y otras formas de creación compartían espacio y público.
Quizá esa sea precisamente su mayor virtud.
Entrar en Casa Abierta significaba no saber exactamente qué ibas a encontrarte unos metros más allá. Una exposición podía llevarte hasta una actuación musical; una pasarela podía convivir con una propuesta audiovisual; una conversación podía terminar delante de una obra. No había necesariamente un único motivo para acudir. Había varios.
Y eso es algo que las ciudades necesitan si quieren construir algo parecido a una escena cultural: lugares donde las disciplinas se mezclen, donde los creadores puedan encontrarse y donde el público pueda descubrir propuestas a las que probablemente no acudiría si tuviera que buscarlas por separado.
Una ciudad cultural no se construye solamente programando grandes acontecimientos. También se construye haciendo posible que alguien que pinta, fotografía, escribe, diseña, hace música, cine, teatro o cualquier otra forma de creación tenga la oportunidad de mostrar lo que hace.
Se han organizado grandes eventos. La pregunta es si, aparte de estos, hay sitio para todos. No me refiero solamente a los espacios físicos, sino también al calendario, al público y a la atención.
El verano tiene una particularidad: obliga a elegir. Cuanto mayor es la oferta, más elecciones hay que hacer. El fin de semana del 14 al 16 de agosto es un buen ejemplo. El viernes coincidían el festival Solera, Salero y Compás, exposiciones y fiestas; el sábado, además de Leiva, había otras actividades; y el domingo, mientras Casa Abierta ocupaba Doña Sinforosa, continuaban las fiestas de San Roque y otras propuestas.
La saturación llegó incluso a provocar que el Ayuntamiento decidiera suspender el tradicional Desfile de Verano previsto para el sábado 15. La decisión se justificó por las altas temperaturas, pero también por la coincidencia con el concierto de Leiva y las Fiestas de San Roque, que obligaban a coordinar un importante dispositivo de seguridad y movilidad.
Es curioso, sin embargo, que algunos de los argumentos utilizados para suspender el desfile también puedan servir para plantearse si Casa Abierta, cuya programación se prolongaba hasta la una y media de la madrugada, no habría encontrado un mejor encaje en viernes o sábado. En esos días, buena parte de los asistentes habría tenido más margen para alargar la noche sin enfrentarse al despertador del lunes.
No es una crítica a la decisión de programarla en domingo. Los organizadores tuvieron que buscar su espacio dentro de un calendario extraordinariamente cargado y, precisamente, evitaron coincidir con algunos de los grandes acontecimientos del fin de semana. Pero quizá la experiencia permita extraer una conclusión para futuras ediciones: cuando una propuesta cultural necesita tiempo para ser vivida, el día y el horario también forman parte de la programación.
La agenda cultural se parece cada vez más a un enorme buffet libre y, sin embargo, no podemos comerlo todo.
Y aquí aparece una experiencia personal que quizá explique mejor que cualquier estadística lo que significa programar cultura en pleno verano.
Cuando llegó el momento de mi sesión de DJ en Casa Abierta, ya no quedaban tantas personas. Eso sí, las que permanecían seguían teniendo ganas de bailar y eran las suficientes como para que aquello siguiera teniendo sentido. Para que nadie pudiera engañarse, la gran mayoría del público ya se había marchado. Era domingo y al día siguiente había que trabajar.
Esa pequeña escena me parece especialmente significativa. Después de una tarde y una noche de actividad, cuando buena parte de la ciudad empezaba a pensar en el lunes, quedaban allí unos cuantos resistentes bailando.
Quizá no fuera la imagen más espectacular del verano cultural de Torrevieja, pero sí una de las más sinceras.
Detrás de cada programación hay personas. Personas que trabajan, que tienen horarios, familias, obligaciones y una vida que continúa cuando termina el espectáculo. Programar cultura también consiste en conocer esos ritmos.
Tal vez ese sea uno de los próximos retos para una ciudad que quiere consolidarse como destino cultural: no solamente conseguir que haya cada vez más acontecimientos, sino conseguir que las diferentes propuestas encuentren su momento, su espacio y su público.
Ni se me ha pasado por la cabeza enfrentar a Leiva con Casa Abierta, ni al Low Festival con una exposición, ni a los grandes escenarios con los pequeños proyectos. Al contrario.
Una ciudad culturalmente viva necesita ambas cosas.
Torrevieja ha demostrado este verano que puede llenar grandes escenarios. Ahora queda comprobar si también es capaz de hacer que todas esas otras propuestas encuentren un lugar adecuado en una agenda que, por momentos, se ha quedado pequeña.
Y el domingo 16 de agosto, mientras algunos seguíamos bailando en Doña Sinforosa y el resto de la ciudad comenzaba a preparar el lunes, Casa Abierta dejó una pequeña pista sobre cuál puede ser el verdadero desafío.
No conseguir que Torrevieja tenga cosas que hacer.
Eso ya lo tenemos.
El reto será conseguir que cada vez haya más razones para quedarse.
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