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Cuando la participación deja de parecer útil.

"La juventud no vota menos porque le importe menos , sino porque cofia menos en que su voto cambie algo, y en Torrevieja ese patrón se ve todavía más marcado"
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La ciencia política tiene un concepto útil para entender lo que le pasa a buena parte de la juventud española: la eficacia política percibida, es decir, el grado en que una persona cree que su participación puede influir realmente en las decisiones públicas. Cuando esa percepción cae, no desaparece el interés por lo que ocurre, sino la creencia de que participar sirva para algo. En las elecciones generales del 23 de julio de 2023, la participación nacional fue del 70,4%, con una abstención del 29,6%, una cifra que sigue siendo, año tras año, más alta entre los votantes jóvenes que entre el resto del electorado. La juventud no vota menos porque le importe menos, sino porque confía menos en que su voto cambie algo, y en Torrevieja ese patrón se ve todavía más marcado.

En las últimas elecciones municipales, celebradas también en 2023, el censo de Torrevieja rondaba los 43.400 electores, pero sólo acudieron a votar 22.973, una abstención oficial cercana al 47%. Es importante matizar esa cifra, porque en un municipio con tanta población flotante como Torrevieja, una parte del censo corresponde a personas que se empadronaron en algún momento pero que ya no residen en la ciudad, lo que infla artificialmente el número de abstencionistas sobre el papel. Aun así, incluso descontando ese efecto, la participación en Torrevieja continúa situándose por debajo de la media de otras ciudades españolas de tamaño similar, donde la abstención local suele moverse entre el 30% y el 35%. El problema, entonces, no es sólo cuántos torrevejenses deciden no votar, sino también que ese padrón inflado dificulta poder medir con precisión cuál es el verdadero nivel de desafección política de quienes sí viven, trabajan y sufren aquí las decisiones del ayuntamiento.

Ese vacío de participación institucional no significa despolitización, sino un desplazamiento del lugar donde se forma la opinión política. Según el Eurobarómetro de Juventud, más del 76% de los jóvenes españoles construyen su pensamiento político a través de redes sociales, un entorno que premia el contenido polarizado frente al matizado, y los datos empiezan a reflejar sus efectos. Ese cambio en las formas de informarse no explica por sí solo las preferencias políticas de los jóvenes, pero sí modela el entorno en el que estas se forman y se discuten. Según una encuesta de Sigma Dos publicada en enero de 2026, la intención de voto al PP y VOX entre los jóvenes de 18 a 29 años alcanza el 51,5% frente al 37,8% que sumaban ambos partidos apenas un año antes, un giro que varios barómetros del CIS y otras encuestas vienen reflejando desde hace meses: la juventud española muestra una orientación más conservadora que en décadas anteriores. Diferentes estudios apuntan a que uno de los principales factores detrás de este posicionamiento es la precariedad económica, con la vivienda como problema central, en un contexto en el que el alquiler llega a consumir hasta el 70% del salario de los jóvenes en algunas zonas del país.

Aquí conviene aplicar otro concepto central de la ciencia política contemporánea, la polarización afectiva, que no mide cuánto discrepan los ciudadanos en ideas, sino cuánto han empezado a percibir al bando contrario como una amenaza en lugar de como un adversario legítimo. Los discursos extremistas, sean del signo que sean, se alimentan de esa dinámica, porque ofrecen certezas absolutas y enemigos concretos en un momento vital marcado por la incertidumbre, y esa certeza resulta atractiva precisamente cuando el empleo, la vivienda y el futuro parecen inestables. Un estudio reciente de la Universidad de Salamanca sobre la desafección juvenil concluye que buena parte de la distancia entre la juventud y la política no nace del desinterés, sino de la desconfianza hacia las instituciones, y que esa desconfianza, sin información de calidad que la sostenga, tiende a derivar en posturas antisistema en lugar de una participación crítica y constructiva.

La participación no depende únicamente de la voluntad de quienes votan, sino también de la confianza que las instituciones son capaces de generar. Mientras una parte de la juventud siga percibiendo que su opinión apenas tiene impacto, la abstención continuará siendo el reflejo de un problema mucho más profundo: la pérdida de confianza en la capacidad de la democracia para responder a sus preocupaciones. Recuperar esa confianza será uno de los grandes desafíos políticos de los próximos años.

Julia Ribeiro.

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