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25 de agosto de 1938, la memoria de 19 víctimas

Torrevieja ha vuelto a mirar hacia uno de los episodios más doloroso de su historia
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Esta semana Torrevieja ha vuelto a mirar hacia uno de los episodios más dolorosos de su historia. El pasado 25 de agosto se cumplieron 88 años del bombardeo que sufrió nuestra ciudad durante la Guerra Civil, un ataque que acabó con la vida de 19 personas y dejó decenas de heridos. Una fecha que, pese a su importancia, continúa siendo desconocida para buena parte de la ciudadanía. Quizá por eso este aniversario no debería limitarse a una conmemoración más en el calendario, sino servir para preguntarnos qué conocemos realmente de nuestra propia historia y qué estamos haciendo para que quienes vengan detrás también puedan conocerla.

El 25 de agosto de 1938, la Aviación Legionaria italiana, aliada del bando franquista, bombardeó Torrevieja. La ciudad ya había sufrido otros ataques durante la Guerra Civil, pero aquel fue especialmente trágico. Las bombas alcanzaron distintos puntos de la localidad y uno de los lugares más castigados fue el entorno del puerto, donde numerosas personas se encontraban haciendo cola para adquirir pescado. La guerra, que muchas veces imaginamos asociada a los frentes y a los soldados, llegó aquel día a la vida cotidiana de la población civil. Murieron 19 personas y decenas resultaron heridas.

Detrás de esa cifra hay nombres y vidas concretas: Miguel García Cuello, Francisco Hernández Hernández, Francisco Desamparado Moreno, Antonio Moreno Guardiola, Joaquina Antolinos Zapata, María Antonia Moreno Antolinos, Rafael Clemares Sala, Ángeles Cerezuela Guardiola, Ángeles Andréu Cerezuela, Manuel Andréu Cerezuela, Anastasio Blanco Ballester, Cayetano Sánchez Sanz, Francisco Desamparado Sánchez, María Quer Piorno, Mercedes Martínez Blesa, Josefa Alar Linares, Concepción Aracil Rives, Francisca Vidal Baños y Rosario Alonso Mendiluces. Entre ellos había personas adultas, jóvenes, adolescentes y niños. Manuel Andreu Cerezuela tenía apenas 11 meses y Francisco Desamparado Sánchez tan solo dos meses. Recordar sus nombres es importante porque detrás de las cifras hay personas, familias y vidas que quedaron truncadas en nuestra ciudad aquel día.

Quizá por eso resulte especialmente difícil aceptar que, 88 años después, haya torrevejenses que desconozcan que todo aquello sucedió aquí. Si preguntásemos hoy a un grupo de jóvenes de nuestra ciudad qué ocurrió el 25 de agosto de 1938, probablemente muchos no sabrían responder. No porque no les interese Torrevieja, sino porque esta parte de nuestra historia no ha conseguido ocupar el lugar que debería dentro del conocimiento colectivo de la ciudad. Conocemos nuestras salinas, nuestra tradición pesquera, las habaneras, el turismo, nuestras playas y la transformación que Torrevieja ha experimentado durante las últimas décadas. Sin embargo, cuando se trata de explicar algunos de los episodios más dolorosos que también forman parte de quiénes somos, el conocimiento se reduce considerablemente.

Y conviene dejar algo claro: Torrevieja sí tiene personas que recuerdan. Durante años, diferentes asociaciones, colectivos y partidos políticos han mantenido vivo este homenaje. El Ateneo Republicano Miguel Hernández de Torrevieja y Campo de Salinas lleva años reivindicando la memoria de las víctimas y organizando cada 25 de agosto el acto conmemorativo. Este año lo ha hecho junto a Izquierda Unida, Torrevieja Tricolor, Podemos, el Partit Comunista del País Valencià, el PSPV-PSOE de Torrevieja, Sumar, el Ateneo Sociocultural Viento del Pueblo de Orihuela, el Partido Comunista de los Pueblos de España y la Coordinadora de Asociaciones por la Memoria Histórica de la Provincia de Alicante.

No es un detalle menor. Durante años han sido estos colectivos quienes han conseguido que cada 25 de agosto los nombres de las víctimas vuelvan a pronunciarse y que su recuerdo no desaparezca. Este año, además, las actividades han ido más allá del acto de homenaje: se ha realizado un recorrido por diferentes calles de Torrevieja para señalar los lugares relacionados con el bombardeo, colocando flores y recordatorios en memoria de las personas asesinadas. El día 25, frente al puerto, se volvió a realizar el homenaje y se lanzó un clavel al mar por cada una de las 19 víctimas.

Es un gesto sencillo, pero tiene una enorme carga simbólica. Diecinueve claveles, uno por cada persona que murió. Y precisamente porque existe este trabajo de memoria realizado durante años por asociaciones y colectivos ciudadanos, merece la pena plantear una cuestión que va más allá de quién organiza el homenaje: ¿quién tiene la responsabilidad de conseguir que esta historia sea conocida por toda la ciudad?

El Ayuntamiento también ha realizado actos institucionales de recuerdo, como minutos de silencio y declaraciones en memoria de las víctimas. Es importante reconocerlo, pero también distinguir entre conmemorar y divulgar. Un minuto de silencio es un gesto de respeto y una declaración institucional es una forma de reconocimiento, pero ninguna de las dos acciones explica por sí misma qué ocurrió, quiénes fueron las víctimas, dónde cayeron las bombas o por qué ese episodio forma parte de la historia de Torrevieja. El propio Ayuntamiento, por ejemplo, realizó en 2021 un acto institucional con un minuto de silencio y una declaración en memoria de las 19 víctimas. Y aquí es donde creo que las instituciones tienen una responsabilidad que no podemos obviar. Desde una perspectiva de políticas públicas, la memoria también se construye a través de decisiones institucionales: qué se conserva, qué se señaliza, qué se explica en los espacios públicos, qué se incorpora a las actividades educativas y culturales y qué acontecimientos se transmiten a las generaciones futuras. No basta con que una ciudad recuerde una tragedia una tarde al año si durante los otros 364 días esa historia permanece prácticamente invisible; difícilmente conseguiremos que se convierta en memoria colectiva.

Este año, además, se ha producido un avance que puede abrir una nueva etapa. En abril, el Pleno del Ayuntamiento aprobó por unanimidad iniciar los trámites para levantar un monumento en memoria de las víctimas del bombardeo de 1938, un proyecto que se prevé encargar al escultor torrevejense Rafael Torres. Es un acuerdo importante, especialmente porque existe un consenso político alrededor de la necesidad de crear ese espacio de memoria. Pero precisamente ahora que el proyecto todavía está por materializarse, creo que debemos hacernos una pregunta: ¿qué queremos que cuente ese monumento?

 Porque un monumento, por sí solo, no garantiza que la gente conozca aquello que pretende recordar. Si dentro de unos años alguien pasea por el puerto, encuentra una escultura y no existe ninguna explicación sobre lo que ocurrió, es posible que simplemente pase de largo sin saber que allí murieron personas durante un bombardeo. El verdadero valor de un monumento no está únicamente en ocupar un espacio físico, sino en conseguir que ese espacio nos cuente algo.

 Por eso, si finalmente se levanta ese monumento, debería ser una oportunidad para hacer algo más que colocar una pieza escultórica. Debería explicar qué sucedió, situar los hechos en su contexto, identificar a las 19 víctimas y permitir que cualquier persona que se acerque pueda entender por qué ese lugar existe. Y debería formar parte de una estrategia más amplia de divulgación: que los centros educativos puedan trabajar esta historia, que los lugares relacionados con el bombardeo estén identificados y que se conserven y difundan los testimonios de quienes vivieron aquel día.

 No se trata de vivir mirando permanentemente al pasado ni de convertir la memoria en una cuestión partidista. Se trata de algo mucho más sencillo: conocer la ciudad en la que vivimos. Una ciudad no es únicamente aquello que decide proyectar hacia el futuro. También es la suma de las historias, las personas y los acontecimientos que la han llevado hasta donde está. Torrevieja puede hablar de sus salinas, de la pesca, de las habaneras, del turismo y de su crecimiento, y al mismo tiempo reconocer que también forma parte de nuestra identidad una tragedia ocurrida hace 88 años. La memoria también es patrimonio y, si no la conservamos, explicamos y transmitimos, con el paso del tiempo acabará desapareciendo incluso aquello que hoy todavía podemos reconstruir.

 Por eso el homenaje de los 19 claveles tiene un significado que va mucho más allá de un acto simbólico. Cada flor representa a una persona cuyo nombre merece ser recordado. Y cada nombre nos recuerda que detrás de aquel bombardeo hubo familias, niños, trabajadores, vecinos y personas que tenían una vida antes de que las bombas cayesen sobre Torrevieja.

 Durante años, asociaciones y colectivos han mantenido encendida esa memoria. Ahora las instituciones tienen la oportunidad de asumir también esa responsabilidad y convertir ese esfuerzo ciudadano en una verdadera política de memoria para la ciudad. El futuro monumento puede ser un buen comienzo, pero debería ir acompañado de información, educación y divulgación para que no se convierta en una escultura más que los vecinos ven cada día sin conocer su significado. Porque recordar no es solamente guardar silencio. Recordar también es contar, explicar, enseñar, conservar y conseguir que una generación pueda transmitirle a la siguiente aquello que ocurrió antes de que ella llegara. Y quizá ese sea el mejor homenaje que Torrevieja puede hacer a aquellas 19 personas: que sus nombres no aparezcan únicamente una vez al año, que sus historias no dependan solamente de quienes llevan décadas reivindicándolas y que ningún joven de nuestra ciudad tenga que descubrir por casualidad que, en las mismas calles por las que hoy camina, un 25 de agosto de 1938 murieron 19 personas. Han pasado 88 años. Ya es hora de que el bombardeo de Torrevieja deje de ser una historia que algunos recuerdan y se convierta en una historia que toda la ciudad conozca.                   Julia Ribeiro.

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