
La llegada del LOW Festival a Torrevieja es una de las noticias culturales más importantes que ha recibido la ciudad en los últimos años. No es frecuente que un festival consolidado, con una marca reconocida y miles de seguidores, decida cambiar de sede. Pero quizá la noticia más relevante no sea el traslado, sino lo que simboliza: Torrevieja entra, por fin, en el circuito de los grandes festivales de música independiente.
Es una magnífica noticia. La cultura proyecta imagen, dinamiza la economía, atrae nuevos públicos y sitúa el nombre de una ciudad allí donde antes apenas aparecía. En una época en la que los municipios compiten por atraer talento, visitantes e inversión, ha dejado de ser un complemento para convertirse en un factor estratégico.
Sin embargo, reducir el debate a su impacto económico sería contemplar solo una parte del paisaje. La verdadera oportunidad que representa el LOW es otra: demostrar que la música de calidad puede convertirse en un motor de transformación cultural.
Durante décadas, Torrevieja ha construido buena parte de su identidad alrededor del turismo estival. De ahí surge una pregunta inevitable: ¿debe un gran festival celebrarse precisamente cuando la ciudad ya está llena o puede la cultura servir también para repartir la actividad a lo largo del año? La respuesta no es sencilla.
Los grandes festivales dependen de las giras internacionales y de un calendario europeo que concentra la actividad entre junio y agosto. Pero esa limitación no debería impedir una reflexión más ambiciosa: el valor de un festival no se mide solo por tres días de conciertos, sino por el legado que es capaz de dejar.
Torrevieja dispone de equipamientos como el Teatro Municipal y el Auditorio Internacional, además de un clima que permite desarrollar actividades culturales durante buena parte del año. Todo ello constituye una base excelente sobre la que seguir creciendo. La cuestión ya no es solo atraer visitantes, sino consolidar una vida cultural que haga de la ciudad un lugar más atractivo tanto para quienes la visitan como para quienes viven en ella.
Hace apenas unos días asistí en Cartagena a los conciertos de Rodrigo Cuevas y Rubén Blades dentro de La Mar de Músicas. En unos días disfrutaré del LOW Festival. Son propuestas muy distintas, pero precisamente esa comparación invita a una reflexión.
La Mar de Músicas se ha convertido en un referente porque ha sabido construir una identidad propia. Cada edición gira en torno a un país invitado y la música convive con la literatura, el cine, las exposiciones o la gastronomía. El festival deja de ser una sucesión de conciertos para convertirse en una experiencia cultural.
Ahí reside probablemente la principal enseñanza. Los grandes festivales dejan huella cuando consiguen dialogar con el lugar en el que nacen y generar una personalidad que no puede trasladarse a ninguna otra ciudad.
Torrevieja posee una oportunidad excepcional para lograrlo. Más de ciento veinte nacionalidades conviven aquí durante todo el año. Esa diversidad suele citarse como un dato demográfico, cuando en realidad constituye uno de los mayores patrimonios culturales de la ciudad. La llegada del LOW ha incorporado a Torrevieja a un circuito musical del que hasta ahora estaba ausente. Pero ese paso puede servir para plantearnos un reto mucho más ambicioso: construir un proyecto cultural propio que impulse, durante todo el año, ciclos de música, cine, literatura, gastronomía o artes escénicas capaces de acercar a vecinos y visitantes la riqueza cultural de quienes ya forman parte de nuestra vida cotidiana.
No sería, además, una idea completamente nueva. Torrevieja lleva décadas demostrando, a través del Festival Internacional de Habaneras y Polifonía, que la música puede convertirse en una seña de identidad. A su alrededor han surgido actividades que prolongan la vida del festival más allá del concurso y experiencias tan sugerentes como las jornadas De Ida y Vuelta, que exploraron el vínculo histórico entre la habanera, Cuba y la propia historia de la ciudad. Aquella iniciativa demostró que un festival también puede ser un espacio para el conocimiento y el intercambio cultural.
Quizá haya llegado el momento de ampliar esa mirada. Si entonces el viaje cultural se articulaba en torno a Cuba, hoy la propia realidad de Torrevieja invita a mirar mucho más lejos. La ciudad convive con personas procedentes de más de ciento veinte países. Esa diversidad ofrece la oportunidad de construir una propuesta propia en la que la música sea el hilo conductor de una programación abierta a la literatura, el cine, la gastronomía o las artes visuales de las comunidades que ya forman parte de nuestra realidad cotidiana. Porque las ciudades no solo se definen por el patrimonio que conservan, sino también por la cultura que son capaces de seguir creando.
El LOW aportará prestigio, visibilidad y miles de visitantes. Eso, por sí solo, ya justificaría celebrar su llegada. Pero su mayor legado podría ser mucho más profundo si entendemos que la música no es únicamente entretenimiento. También es educación, convivencia, creatividad y una forma de fortalecer el vínculo entre una ciudad y quienes la habitan.
La llegada del LOW merece celebrarse. Pero, sobre todo, merece aprovecharse. Porque los festivales pasan, pero la cultura que se desarrolla alrededor de estos eventos es la que, con el tiempo, termina cambiando las ciudades.
Jaime Aniorte.
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