


Hay ciudades que entienden que modernizar no significa empezar de cero. Otras, en cambio, parecen asumir que el progreso exige borrar las huellas del pasado. Esas dos formas de entender el desarrollo vuelven hoy a la mesa de debate al hilo de la profunda transformación que está experimentando la fachada marítima de Torrevieja. Pocas zonas concentran tanta carga simbólica como el entorno del puerto, las Eras de la Sal y la antigua Fábrica del Hielo. Allí nació la ciudad salinera y marinera que moldeó nuestro carácter, allí trabajaron generaciones de torrevejenses y allí se escribieron páginas esenciales de una historia que hoy corre el riesgo de quedar reducida a fotografías antiguas y paneles informativos. La remodelación en marcha representa, sin duda, la mayor transformación urbanística de este espacio en muchas décadas. Y sería injusto no reconocer lo positivo. La recuperación de las Eras de la Sal supone una reivindicación necesaria del principal símbolo de la identidad salinera de Torrevieja. La rehabilitación de la Fábrica del Hielo llega, por fin, después de años de abandono. Son decisiones acertadas que demuestran que conservar el patrimonio es posible cuando existe voluntad política. Precisamente por eso surge una pregunta inevitable: si era posible salvar estos espacios, ¿por qué otros elementos igualmente representativos no corrieron la misma suerte? La desaparición de las antiguas lonjas del pescado constituye, probablemente, la mayor herida patrimonial de toda esta remodelación. Aquellos edificios no eran simples naves portuarias. Eran el escenario donde durante décadas se desarrolló la actividad pesquera que dio sustento a cientos de familias. Su valor no residía únicamente en su arquitectura, sino en todo lo que representaban para la memoria colectiva de la ciudad. Las ciudades que mejor han sabido transformar sus frentes marítimos han entendido que renovar no significa borrar. Han incorporado antiguos almacenes, fábricas, muelles o lonjas a nuevos espacios culturales y ciudadanos, convirtiendo su pasado en un valor añadido. En Torrevieja queda la sensación de que esa posibilidad apenas llegó a plantearse con la convicción necesaria. Y no, no se trata de nostalgia, se trata de identidad. Y este no es un episodio aislado. La historia reciente de Torrevieja está marcada por una larga sucesión de pérdidas patrimoniales que, contempladas en conjunto, dibujan una tendencia inquietante. El Nuevo Cinema, El Tintero, el Templete, el chalet de doña Sinforosa, numerosas casas tradicionales del casco urbano, villas históricas del litoral o edificios ligados a la actividad salinera han ido desapareciendo uno tras otro. Cada demolición se explicó como un caso particular. Sin embargo, vistas en perspectiva, todas responden a una misma lógica: la lenta desaparición de la memoria física de la ciudad. Quizá ningún ejemplo resulte tan revelador como el del Nuevo Cinema. Inaugurado en 1925 y protegido por el propio catálogo municipal, fue durante décadas el gran referente cultural de Torrevieja. Hoy, cuando deberíamos haber celebrado el centenario de aquel edificio que tantas generaciones disfrutaron, conmemoramos los veinte años de un teatro moderno, funcional, pero incapaz de sustituir el valor simbólico de lo que desapareció. Mientras otras ciudades rehabilitaron sus antiguos teatros y cines para convertirlos en espacios culturales del siglo XXI, aquí se optó por empezar de nuevo. Y empezar de nuevo, demasiadas veces, significa empezar con menos memoria. Algo parecido ocurrió con El Tintero. Durante más de ochenta años fue mucho más que un quiosco frente al mar, era parte del paisaje sentimental de miles de personas. Resulta difícil explicar cómo acabó siendo demolido antes de que la protección institucional llegara a ser efectiva. Más allá de los procedimientos administrativos o de las limitaciones derivadas de la Ley de Costas, el desenlace dejó una sensación difícil de ignorar: en Torrevieja el patrimonio suele empezar a valorarse cuando ya es demasiado tarde. Porque no siempre es la piqueta la que destruye un edificio. Muchas veces lo hace el abandono. Primero llegan los años de inactividad. Después el deterioro. Más tarde aparecen informes que cuestionan la viabilidad de la rehabilitación. Finalmente, la demolición termina presentándose como la única solución posible. Es una secuencia que la ciudad ha conocido demasiadas veces. Y la pregunta empieza a ser inevitable: ¿será el antiguo Ayuntamiento el próximo edificio del que lamentemos su pérdida cuando ya no tenga remedio? Quienes crecimos en la Torrevieja de hace cincuenta años aprendimos a orientarnos utilizando edificios que hoy ya no existen. Aquellas referencias formaban parte de nuestra vida cotidiana, pero también de la personalidad de la ciudad. Hoy resulta cada vez más difícil explicar a quienes nos visitan que Torrevieja fue mucho más que un destino turístico construido al calor del boom inmobiliario. Nuestra historia comenzó mucho antes y, paradójicamente, esa misma historia es uno de los principales argumentos con los que hoy se promociona la ciudad. Se reivindica el origen salinero, la tradición marinera y el carácter mediterráneo del municipio, pero una parte considerable de los escenarios donde esa historia ocurrió ya ha desaparecido. La conservación del patrimonio no puede consistir en salvar unas piezas mientras otras se consideran prescindibles. El verdadero valor reside en el conjunto, en la relación entre edificios, espacios y actividades que permiten comprender la evolución de una ciudad. Afortunadamente todavía estamos a tiempo de evitar que esta historia siga repitiéndose. La recuperación de la Fábrica del Hielo demuestra que conservar es posible. Las Eras de la Sal pueden convertirse en un gran referente cultural. El antiguo cuartel de la Guardia Civil, la Casa López Dols, la Posada de El Parejo, el Chalet El Palangre, la Casa y Torre de Los Balcones o el antiguo Ayuntamiento nos recuerdan que aún queda patrimonio por proteger. Pero conservar exige actuar antes de que el deterioro convierta la demolición en la única alternativa. Exige planificación, inversión y una visión de ciudad que vaya más allá del siguiente mandato electoral. Porque el patrimonio nunca debería depender de la urgencia política del momento. La nueva fachada marítima será, sin duda, más moderna, más accesible y más funcional. Nadie discute la necesidad de mejorar los espacios públicos ni de adaptar la ciudad a las necesidades del siglo XXI. La cuestión es otra: si esa modernización podía haberse realizado conservando una parte mayor de la memoria que daba sentido a ese lugar. Dentro de cincuenta años, quienes paseen por ese nuevo frente marítimo encontrarán un espacio renovado. Tal vez sea hermoso. Tal vez sea cómodo. Pero difícilmente podrán comprender, solo con lo que vean, cómo nació realmente Torrevieja. Para conocerlo tendrán que recurrir a fotografías antiguas, libros o testimonios de quienes aún recuerdan la ciudad que fue. Y ese debería preocuparnos, porque el patrimonio no pertenece a un gobierno, ni a una legislatura, ni siquiera a una generación, pertenece a todos los torrevejenses, también a quienes todavía no han nacido. Una ciudad siempre puede levantar nuevos edificios, abrir paseos más amplios o inaugurar equipamientos más modernos. Lo que nunca podrá recuperar es la autenticidad de aquello que decidió dejar desaparecer. Y quizá esa sea la diferencia entre una ciudad que progresa y una ciudad que, mientras crece, se va volviendo amnesica.
Jaime Aniorte.

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