
Hace ya muchos años. Hace ya dos décadas, demasiados días para que un derribo de un inmueble Patrimonio Municipal – y así estaba catalogado en el antiguo y controvertido Plan General de Ordenación Urbana, bajo las conocidas siglas PGOU – se haya esfumado de la memoria colectiva. Es cierto que la memoria histórica también puede ser selectiva.
La sensación es que hablar o escribir del viejo y añorado Teatro/Cine de nuestra ciudad resulta a estas alturas tema ya caducado o decadente. Sin embargo es fácil constatar que el antiguo asunto permanece vivo en la memoria de la ya menguada población autóctona.
Incluso siguen cayendo, literalmente, verdaderas lágrimas de frustración y desolación. Un derribo que no ha quedado en el olvido y que tardarán muchas más décadas para que la vieja imagen del vetusto inmueble quede totalmente difuminada en la mente.
Sin duda, la construcción de un modernísimo Teatro programado a bombo y platillo como una gestión histórica, con proyección interna de parecer un gran grumo de sal, arquitectónicamente hablando, fue otro dislate a engrosar la barbaridad de su derribo. El tema estuvo altamente politizado; se silenciaron las escasas voces críticas, y al final se convirtió ( y por supuesto, no está mal que una inmensa mayoría haya apoyado en su momento la idea, pero otra gran mayoría mantuvo un silencio sepulcral) en lo que debía convertirse un modélico negocio que después de varias modificaciones de su proyecto inicial, costó un buen dinero sufragado por el Presupuesto Municipal.
Dicho esto, que algunas personas y pocas entidades dejaron dichas y escritas, hoy recordamos sus veinte años de aquel derribo como una gestión pública que nunca debió permitirse, al carecer de licencia de apertura (y que afortunadamente no hubo ningún accidente), ni la firma del arquitecto para recepcionar la obra y un largo etcétera, más que nada porque ya empezaba esta ciudad a quedarse sin algunas de sus señas de identidad culturales. Es decir, sin parte de su verdadera Alma.
Oscar A. Claramunt.
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