
El domingo 7 de junio finalizó una sorprendente exposición colectiva de fin de curso de los alumnos de la Escuela Municipal de Pintura de Torrevieja de Mar García Torregrosa.
La muestra reunió el trabajo de 64 alumnos enfocados en la experimentación y el diálogo con la materia a través de la pintura contemporánea.
Las obras expuestas sobre el espacio central de la sala de exposiciones colgaban de cables de acero creando pasillos cuya composición jugaba a favor de la percepción sensorial del todo y de las obras individuales, las cuales no buscaban la mímesis de la realidad, sino evocar paisajes emocionales que obligasen al visitante a detener la mirada y completar el significado de lo que ve. Pasear entre las telas no generaba la desconexión habitual de las muestras colectivas. Al contrario, el recorrido se sentía como un viaje hilvanado por un mismo cordón umbilical, uma muestra con mucha coherencia visual.
El título de la exposición «No lo toco más» nos emplazaba al momento casi místico en el proceso de creación plástica en el que el creador debe dar un paso atrás y dar por acaba su creación. Esta declaración de intenciones no es un acto de rendición, sino un ejercicio de madurez, el instante exacto en el que la obra alcanza su equilibrio. Sin temor a equivocarme puedo decir que los alumnos no lo tuvieron fácil debido a dos condicionantes técnicos: el soporte, una tela de sarga sin preparar, y el único material, un tinte negro industrial. Sin embargo, el gran acierto de esta exhibición colectiva radica precisamente en su planteamiento conceptual pues el resultado final estaba supeditado al error y a las reacciones aleatorias del medio empleado. Aquí es donde se nota la sólida dirección de Mar García, capaz de convertir aparentes restricciones en un elemento unificador y potenciador de las individualidades de sus alumnos.
En «No lo toco más», se celebra, sin duda, la aceptación del error y la pérdida del miedo a equivocarse. Las texturas orgánicas, los chorretones deliberados y las reacciones químicas de los materiales no se camuflan; se integran como parte del relato. Cada pieza es un mapa de decisiones: capas superpuestas que revelan arrepentimientos, raspados y hallazgos fortuitos.
Esta exposición, como casi todas las de los alumnos de Mar García, ha sido una gran noticia para Torrevieja.
También hay una nota negativa, pues la deficiente y desfasada iluminación de la sala boicoteó desgraciadamente la experiencia en el casi único espacio institucional con el que cuentan nuestros pintores locales para mostrar su trabajo. Es incomprensible que en un espacio expositivo el espectador deba andar sorteando penumbras, reflejos molestos y zonas ciegas de luz para apreciar las obras. El visitante se descubre a sí mismo haciendo equilibrios corporales y cambiando de ángulo, no por buscar una nueva perspectiva estética, sino para esquivar las sombras proyectadas por los propios focos o la falta de intensidad que apaga la vibración de las telas. La abstracción contemporánea exige un pacto de pureza visual que las infraestructuras locales, hoy por hoy, no son capaces de garantizar a sus ciudadanos.
Salir de la exposición deja una dualidad agridulce. Por un lado, el orgullo de comprobar que una escuela municipal no se limita a replicar bodegones predecibles, sino que empuja a sus vecinos a experimentar con los lenguajes vanguardistas del siglo XXI. Por el otro, la indignación de ver cómo el esfuerzo de meses de 64 creadores locales se ve deslucido por la falta de inversión o mantenimiento en el equipamiento técnico de la sala.
«No lo toco más» es una experiencia magnífica que sobrevive a pesar de su contenedor. Los artistas ya hicieron su parte retirándose a tiempo y entregando un trabajo excelente; ahora le toca a la administración municipal hacer lo necesario para que Torrevieja pueda admirar el talento de su gente sin necesidad de forzar la vista.

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