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La otra cara del verano de Torrevieja

Reivindicar un verano digno no es estar en contra del turismo.
ARTICULO JULIA (1)

Son las cuatro de la tarde de un martes de julio y una barrendera avanza con el carro por una acera del centro, entre el calor que sube del asfalto y el que cae del cielo. No hay muchas sombras por las calles a esa hora. Cerca, en una terraza del paseo Vistalegre, un camarero lleva 7 horas sin sentarse; el tupper que se trajo de casa apenas lo prueba porque llega una mesa nueva. No se habla de ninguno cuando se hace balance de la temporada. Los dos, sin embargo, la razón de que haya temporada de la que hacer balance.

Esa temporada que no deja de crecer. Torrevieja pasa de mas de 100.000 habitantes censados a una población que ronda las 450.000 personas en las semanas de agosto, según las estimaciones de AGAMED y Acciona, que cruzan el consumo de agua y la recogida de residuos para calcular cuánta gente hay realmente en la ciudad. Multiplicar por cinco una ciudad significa multiplicar las mesas que se sirve, las cajas en las que se cobra, la calles que se barren. Cada verano se contrata a más gente para cubrir ese salto, pero la ciudad crece más rápido de lo que crecen las plantillas, y ese hueco entre lo que hace falta y lo que se contrata lo acaba pagando quien está ya en el turno: el que dobla porque el refuerzo aún no ha llegado, el que no puede sentarse porque falta personal.

Con esa presión llega, cada julio, la misma frase casi como un ritual: “no se encuentran camareros”, “los jóvenes no quieren trabajar”. Pocas veces se dice lo obvio, quizá esos jóvenes conocen sus derechos mejor que hace 10 años. Saben que existe un registro de jornada obligatorio, que las horas extras deben pagarse o compensarse, que un “aguanta un poco más” repetido cada tarde tiene un nombre legal. Y quien conoce sus derechos, a veces, simplemente dice que no.

Y el problema no es que digan que no. El problema es lo que algunos negocios hacen después de ese no: en lugar de mejorar las condiciones para que alguien acepte, buscan a quien no está en posición de negarse. Inspección de Trabajo ha detectado en los últimos cuatro años 50.000 casos de explotación laboral a migrantes en situación irregular en toda España, y la hostelería encabeza la lista de sectores afectados, con entorno a las 4.430 infracciones. La Comunidad Valenciana es la tercera autonomía con más caso, solo por detrás de Cataluña y Madrid. Son personas sin papeles, sin margen para reclamar, a las que se paga en negro, por debajo del convenio y sin alta en la Seguridad Social, porque quien los contrata sabe que la necesidad va a decir que sí donde otro ya dijo que no. No es que falte mano de obra, es que a algunos les sale más rentable buscar a quien no puede negociar.

Y esto no afecta solo a quien no tiene papeles. La hostelería es, según la propia Memoria de la Inspección de Trabajo, el sector con más infracciones detectadas en toda España: casi el 20% del total, por delante de la construcción y del comercio. En 2023, alrededor de 450.000 trabajadores del sector no cobraron las horas extraordinarias que hicieron, casi cuatro de cada diez trabajadores afectados. El mecanismo es el mismo que empieza con quien no tiene papeles, solo que se extiende: cuanta menos capacidad de negociar tiene alguien, más fácil es que su turno se alargue sin que nadie le pague.

Torrevieja no inventó este modelo, lo hereda de toda una costa que decidió hace décadas que el turismo sería su motor y que la estacionalidad sería el precio a pagar. Pero el precio no lo paga la ciudad, sino quien sirve mesas sin poder terminar su comida, quien acepta un sueldo por debajo del mínimo interprofesional porque sabe que nadie le va a preguntar dos veces si está de acuerdo.

Reivindicar un verano digno no es estar en contra del turismo. Es negarse a que “no se encuentra trabajadores” sea la excusa para no mejorar las condiciones, y negarse, sobre todo, a que la respuesta a esa negativa sea buscar a quien la necesidad obligar a callarse. Torrevieja no se multiplica por cinco sola, sino que la multiplica esos trabajadores. Este agosto, cuando la ciudad vuelva a llenarse, la pregunta que de verdad debería importar no es cuántos turistas han llegado, sino cuántos camareros y camareras pudieron, al menos, sentarse un momento.

Julia Ribeiro.

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