InicioCultura¿Acabará la IA con el arte? ¿O con los artistas?

¿Acabará la IA con el arte? ¿O con los artistas?

A diferencia de la gran duda que genera la pregunta «¿qué fue antes, el huevo o la gallina?», la pregunta «¿qué fue antes, el autor o la inteligencia artificial?» no ofrece dudas.  Primero fue el autor. Mucho antes de que una inteligencia artificial pudiera generar una imagen en unos segundos,
inteligencia

A diferencia de la gran duda que genera la pregunta «¿qué fue antes, el huevo o la gallina?», la pregunta «¿qué fue antes, el autor o la inteligencia artificial?» no ofrece dudas.

 Primero fue el autor. Mucho antes de que una inteligencia artificial pudiera generar una imagen en unos segundos, alguien tuvo que aprender a dibujarla. Antes de que una máquina pudiera escribir una canción, alguien tuvo que aprender a componerla. Antes de que un algoritmo pudiera imitar una fotografía, alguien tuvo que pasar años detrás de una cámara aprendiendo a mirar. Parece una obviedad, pero quizá no lo sea tanto.

Cuando hablamos de inteligencia artificial generativa solemos hacerlo desde la perspectiva de lo que es capaz de hacer: crear una imagen, escribir un texto, componer una canción, diseñar un cartel o incluso imitar el estilo de un artista con una facilidad que hace apenas unos años parecía ciencia ficción. Y sí, resulta fascinante.

También lo fue la fotografía cuando apareció. Y el cine. Y la música electrónica. Y los programas de edición digital. El arte nunca ha permanecido al margen de la tecnología y sería absurdo pretender ahora que los artistas renuncien a una herramienta que puede abrirles nuevas posibilidades.

El problema empieza cuando dejamos de hablar de una herramienta y empezamos a hablar de sustitución. Una cosa es que un artista utilice inteligencia artificial para experimentar, buscar una solución o explorar caminos que después transforma con sus propias manos. Y otra muy distinta es que alguien que necesita una ilustración, una fotografía, una música o un texto decida que ya no necesita contratar a quien hasta ahora hacía ese trabajo y simplemente acuda a la IA para generar lo que le parece adecuado para sus intereses.

Esta diferencia es importante porque detrás de cada uno de esos trabajos hay personas que han invertido años en aprender. Personas que pagan alquileres, impuestos, estudios, materiales o equipos y que intentan vivir de una actividad que, incluso antes de la llegada de la inteligencia artificial, nunca se caracterizó precisamente por su estabilidad.

Los artistas sabemos que una obra no aparece por generación espontánea.

En mi caso, una pintura puede comenzar con una idea, pero después vienen las pruebas, los errores, las capas, las decisiones, las rectificaciones y, muchas veces, la destrucción de aquello que parecía terminado para volver a empezar. Hay cuadros que necesitan semanas y otros que arrastran meses de trabajo.

Pero quizás lo más importante no sea el tiempo empleado en una obra concreta, sino todo el tiempo anterior: los años mirando, aprendiendo, experimentando y equivocándose; los cuadros que no funcionaron; las exposiciones que enseñaron algo; las influencias que acabaron desapareciendo para dejar paso a un lenguaje propio.

Todo eso no aparece cuando contemplamos una imagen terminada. Pero forma parte de ella. Y ahí es donde la inteligencia artificial plantea una cuestión que va mucho más allá de la tecnología: ¿qué valor estamos dispuestos a conceder al proceso humano de creación?

Los propios artistas reclaman respuestas. En este sentido, una encuesta realizada por la organización británica Design and Artists Copyright Society a mil artistas reveló que el 74 % estaba preocupado porque sus obras fueran utilizadas para entrenar modelos de inteligencia artificial. El 95 % quería tener control sobre ese uso y una amplia mayoría reclamaba reconocimiento y compensación económica.

Es importante detenerse aquí, porque esto no significa necesariamente que los artistas quieran prohibir la inteligencia artificial. Muchos están diciendo algo bastante más razonable: si sus obras se utilizan para desarrollar sistemas capaces de generar imágenes, esos artistas quieren saberlo, poder decidir sobre ello y, cuando corresponda, recibir una remuneración. Esta no parece una petición extravagante.

El problema es que durante mucho tiempo hemos aceptado que la inteligencia artificial aprenda de una cantidad gigantesca de producción cultural sin que tengamos demasiado claro quién autorizó ese aprendizaje, cómo se remunera y qué ocurre cuando el resultado termina compitiendo con quienes proporcionaron el conocimiento necesario para producirlo.

La paradoja es considerable: las máquinas necesitan nuestra cultura para aprender a producir cultura y después pueden utilizar ese aprendizaje para producirla sin nosotros.

Y todavía hay otra cuestión: la cantidad.

Una persona puede tardar años en construir un lenguaje artístico. Una inteligencia artificial puede producir miles de imágenes en ese mismo periodo. Una persona puede componer una canción. Una máquina puede generar cientos. Nunca hemos tenido tanta capacidad para producir contenido, ni tanto riesgo de que ese contenido pierda valor. Si fabricamos imágenes, canciones, textos y vídeos prácticamente sin límite, ¿qué ocurre con cada uno de ellos?

La cultura puede terminar así convertida en una enorme fábrica de contenido. Millones de imágenes, canciones y textos técnicamente muy elaborados y, al mismo tiempo, cada vez menos tiempo para mirar, escuchar o leer. El problema no es que la inteligencia artificial produzca mal arte, sino que produzca demasiado. Y en esa abundancia existe otro peligro: la homogeneización.

Las máquinas aprenden de lo que ya existe y producen a partir de ello. Pueden combinar, transformar y sorprender, pero existe el riesgo de que terminemos recibiendo infinitas variaciones de lo que ya conocemos. Muchísima producción y poca verdadera diversidad. Mientras discutimos sobre si una imagen generada por IA puede considerarse arte, existe una pregunta mucho más urgente para quienes viven de la cultura: ¿quién va a poder seguir viviendo de ella? Y si llevamos este debate al terreno de la cultura de proximidad, la cuestión resulta todavía más preocupante. La respuesta no afecta únicamente a los grandes artistas, afecta también al fotógrafo que hace una boda el sábado, al diseñador que trabaja para pequeños negocios, al ilustrador que acepta encargos, al músico que toca en un local o al escritor que cobra por un artículo. Justo aquí es donde el asunto deja de ser tecnológico y se convierte en político y cultural. En ciudades como Torrevieja tenemos muchos creadores y, al mismo tiempo, pocas oportunidades para mostrar, vender o desarrollar su trabajo. Hemos hablado muchas veces de la falta de espacios expositivos, de la dificultad de programar a artistas locales y de la necesidad de una política cultural que no se limite a organizar acontecimientos.

Ahora aparece una tecnología capaz de generar contenido cultural de manera prácticamente instantánea y a un coste que puede ser insignificante para quien la encarga. ¿De verdad creemos que esto no tendrá consecuencias para ellos?

La solución, evidentemente, no puede ser meter la inteligencia artificial en una caja y prohibirla, pues la tecnología ya está aquí. Lo que necesitamos son reglas. Transparencia sobre qué obras se utilizan para entrenar los modelos. Consentimiento cuando corresponda. Sistemas de licencia. Reconocimiento. Remuneración. Y, también, algo que parece tan sencillo como importante: saber cuándo aquello que estamos viendo, escuchando o leyendo ha sido creado por una persona y cuándo ha sido generado por una máquina.

Tenemos que poder diferenciar claramente entre producir y crear. Una IA puede producir una imagen extraordinaria, incluso una que nos guste más que muchas pinturas realizadas por seres humanos, pero no puede aportar una experiencia vital propia. No tiene una biografía. Definitivamente, una parte importante del valor de una obra es precisamente eso: la huella de la vida de su autor.

Por eso no me preocupa demasiado que una máquina pueda hacer una imagen mejor que yo. Tampoco me preocupa que pueda hacerlo en treinta segundos. Lo que sí me preocupa es que acabemos pensando que esos treinta segundos tienen el mismo valor que los años que alguien ha necesitado para aprender a hacerlo.

El verdadero peligro de la inteligencia artificial no es que las máquinas aprendan a crear, sino que los seres humanos olvidemos cuánto cuesta a un ser humano aprender a hacerlo. Y, por encima de todo, que dejemos de considerar que merece la pena pagar por ello.

                                                                                                    Jaime Aniorte  

No hay comentarios

El Digital de Torrevieja © 2026. Todos los derechos reservados.
Desarrollado por Informedia