
En un par de semanas, si se cumple el calendario anunciado por el Ayuntamiento,
Torrevieja tendrá instaladas en el puerto las tres esculturas de Manolo Valdés. El próximo
8 de octubre deberían llegar Clio Silver y Ariela, que se sumarán a Reina Mariana,
instalada el pasado mes de julio.
Las tres obras permanecerán en el entorno portuario hasta el 31 de octubre de 2027, lo
que es, desde luego, una buena noticia cultural.
Pero hay una pregunta que ha quedado bastante menos explicada: ¿cuánto le cuesta
realmente a Torrevieja tener esas esculturas aquí?
Cuando se habla de que las obras son objeto de una cesión, la primera impresión puede
ser que se trata de una operación sin coste para las arcas municipales. Pero una cosa es
no pagar por adquirir las obras y otra muy distinta que su exposición no genere gastos.
La información oficial señala que la iniciativa está promovida por el Grupo Hozono Global
en colaboración con el Ayuntamiento. Eduardo Dolón destacó en la presentación que para
Torrevieja era un honor contar durante más de un año con la obra de Valdés y que las
esculturas aportarían un nuevo atractivo cultural y turístico al puerto. En esa
comunicación, sin embargo, no se concreta el coste económico que asumirá el
Ayuntamiento.
Según la documentación de la operación, Hozono Global cede las obras al Ayuntamiento,
pero el consistorio asume los gastos inherentes a sus traslados e instalación, con un
límite máximo de 80.000 euros. También debe hacerse cargo del seguro durante el
periodo de exposición.
Conviene insistir: 80.000 euros es un límite máximo, no necesariamente lo que
acabará gastándose. El coste definitivo dependerá de las facturas de transporte e
instalación.
Las tres esculturas están valoradas, a efectos del seguro, en 2.875.000 dólares. La prima
concreta dependerá de las condiciones de la póliza, por lo que no tendría sentido
aventurar una cifra. Lo que sí sabemos es que el seguro también corre a cargo del
Ayuntamiento.
Y aquí es donde una exposición artística empieza a plantear una cuestión de política
cultural, porque 80.000 euros son muchos euros cuando se ponen al lado de otras
cifras de la cultura municipal.
En 2025, el Instituto Municipal de Cultura destinó 70.000 euros a su convocatoria de
subvenciones para asociaciones culturales en régimen de concurrencia competitiva. La
ayuda máxima por entidad era de 20.000 euros y las bases incluían proyectos de cultura
local, fotografía, tradiciones, artesanía, música, artes escénicas y artes pictóricas.
Dicho de otro modo: el límite previsto para trasladar e instalar las esculturas de
Valdés supera en 10.000 euros toda aquella convocatoria anual de ayudas
culturales.
El examen de las cifras del presupuesto permiten hacer una lectura más completa.
El IMC contó en 2025 con un presupuesto de 4,293 millones de euros y destinó 548.000
euros a subvenciones y premios. Entre las subvenciones nominativas figuraban 73.000
euros para la Unión Musical Torrevejense, 60.000 euros para la Junta Mayor de
Cofradías, 48.000 euros para Los Salerosos, otros 48.000 euros para Ars Aetheria y
18.000 euros para cada una de estas tres entidades: Ars Creatio, Sociedad Cultural
Casino de Torrevieja y Fundación Luis Cajal. También se contemplaban 175.000 euros
para la Fundación Nao Victoria por la gestión y mantenimiento del Pascual Flores.
Por tanto, sería injusto decir que Torrevieja no invierte en cultura. Sí invierte. La cuestión
es qué modelo cultural quiere reforzar.
Una cosa es mantener una red de asociaciones, entidades y proyectos que hacen cultura
durante todo el año y otra apostar por grandes operaciones culturales capaces de generar
una imagen inmediata de ciudad.
Torrevieja parece haber encontrado una fórmula cultural que le resulta
especialmente cómoda: grandes auditorios, grandes espectáculos, grandes
contratos, grandes nombres y ahora tres esculturas monumentales en el puerto.
Nada de eso es malo por sí mismo. El problema aparece cuando lo extraordinario
empieza a ocupar el espacio que debería corresponder también a lo cotidiano.
Porque detrás de las grandes fotografías hay otra realidad cultural bastante menos
espectacular: la de los artistas que necesitan espacios para exponer, la de las
asociaciones que organizan actividades con presupuestos modestos, la de los músicos,
fotógrafos, pintores, escritores y creadores que llevan años haciendo cultura en la ciudad
sin que nadie les coloque una escultura monumental al lado.
Y aquí aparece la pregunta que, a mi juicio, debería acompañar a las esculturas del
puerto:
¿Qué va a dejar Manolo Valdés en Torrevieja cuando sus obras se marchen en
octubre de 2027? ¿Se va a aprovechar la exposición para generar una
programación cultural que vaya más allá de hacerse una fotografía delante de las
esculturas?
No me refiero a la propia experiencia de contemplarlas. Me refiero a qué se va a generar
alrededor de ellas.
¿Se ha pensado en aprovechar su presencia para desarrollar actividades educativas?
¿Habrá visitas comentadas?
¿Se organizarán encuentros con artistas locales?
¿Podrán los alumnos de las escuelas municipales trabajar alrededor de la exposición?
¿Se establecerá algún diálogo entre los creadores de Torrevieja y la obra de Valdés?
Si las esculturas llegan, se colocan, se fotografían y permanecen un año en el puerto,
tendremos una interesante intervención artística en el espacio público. Pero si además
generan conocimiento, formación, participación y oportunidades para el tejido cultural
local, entonces estaremos hablando de algo más. Estaremos hablando de política
cultural.
No es una cuestión contra Manolo Valdés ni contra Hozono Global, que promueve la
iniciativa junto al Ayuntamiento. El debate es municipal.
Torrevieja tiene derecho a traer grandes artistas, a mejorar sus espacios y a utilizar la
cultura para proyectar una imagen atractiva de la ciudad. Pero también tiene la
responsabilidad de preguntarse qué hace por quienes ya forman parte de su cultura.
Existe una tentación evidente en una ciudad turística: apostar por lo que se ve, por lo
monumental, por lo que puede convertirse en una fotografía, un titular o una publicación
en redes sociales. Eso funciona, pero la cultura de una ciudad no puede medirse
solamente por el tamaño de aquello que coloca en sus escaparates.
Por eso los 80.000 euros importan, aunque finalmente no se gasten en su totalidad.
Importan porque permiten poner en perspectiva las prioridades culturales del
Ayuntamiento.
Cuando las esculturas se marchen en octubre de 202 los artistas locales seguiremos aquí.
Y quizá esa sea la verdadera cuestión: una política cultural no debería medirse solo
por cuánto consigue traer el Ayuntamiento, sino también por cuánto consigue hacer
crecer lo que ya tiene
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