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Torrevieja, ¿qué hemos perdido por el camino?

Torrevieja lleva décadas transformándose. Ha crecido, ha recibido nuevos vecinos, ha multiplicado su actividad turística y ha cambiado buena parte de su paisaje urbano. Todo eso forma parte de la evolución de cualquier ciudad. Pero hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos con algo más de frecuencia: ¿qué queda de
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Torrevieja lleva décadas transformándose. Ha crecido, ha recibido nuevos vecinos, ha multiplicado su actividad turística y ha cambiado buena parte de su paisaje urbano. Todo eso forma parte de la evolución de cualquier ciudad. Pero hay una pregunta que quizá deberíamos hacernos con algo más de frecuencia: ¿qué queda de aquella Torrevieja que ya no aparece en las fotografías?

Los que conocimos aquella ciudad sabemos que tenía otra escala. Todo estaba más cerca. Había una relación de barrio más intensa, los lugares de encuentro eran reconocibles y muchas actividades formaban parte de la vida cotidiana. No todo era mejor, naturalmente, pero aquella dimensión más pequeña ofrecía una forma de vivir la ciudad que hoy se ha ido perdiendo.

Los bares de toda la vida, aquellos en los que uno podía entrar sin haber quedado con nadie y terminar encontrándose con media docena de conocidos, son quizá uno de los ejemplos más evidentes. Algo similar ocurría con los comercios y tiendas de proximidad, e incluso con los pubs que fueron desapareciendo desde los años ochenta y que durante décadas formaron parte de la vida cotidiana.

Hubo una época en la que pedir una paloma o un canario, acompañados de hueva, mojama, sangochao de sepia, pulpo seco, gaticos o una ensaladilla de rape, no era una experiencia gastronómica: era, simplemente, nuestra cultura.

Y no lo digo solamente desde la nostalgia. El cronista oficial Francisco Sala Aniorte ha documentado durante años la desaparición de los comercios tradicionales y ha señalado que aquellos establecimientos formaban parte del paisaje urbano, eran lugares de referencia para generaciones de ciudadanos y contribuían a definir la identidad de la ciudad. También ha advertido de que la desaparición de esos comercios favorece una Torrevieja más uniforme, en la que lo autóctono queda arrinconado.

Lo mismo podría decirse de la antigua Plaza de Abastos, la Plasa. Durante décadas fue mucho más que un mercado: era un lugar de encuentro y formaba parte de la identidad del centro de Torrevieja. Hoy también pertenece a la memoria.

Y aquí aparece una cuestión que ya no tiene que ver únicamente con la nostalgia, sino con la manera en que una ciudad decide gestionar su patrimonio: a la pérdida de edificios, comercios y espacios hay que sumar que, desde el Ayuntamiento, se viene aceptando como normal que conservar algo consista en sustituirlo por otra cosa que lo recuerde.

El edificio de Las Monjas es el ejemplo significativo más reciente. El inmueble original fue completamente derribado y se ha comenzado a levantar de nuevo un edificio que, por mucho que se pretenda, no podrá recuperar su esencia. Algo parecido ocurrió con el Pascual Flores: el pailebote original se perdió y el que hoy conocemos es una réplica.

Una réplica puede tener valor. Una reconstrucción puede ser necesaria, pero hay una diferencia que convendría no olvidar: no es lo mismo conservar que reproducir.

La memoria de una ciudad no está solamente en una fachada o en una apariencia. Está también en la materia, en las huellas, en las imperfecciones y en todo lo que ocurrió allí.

El propio catálogo municipal reconoce el valor patrimonial de elementos como el Muelle Mínguez. Por eso resulta legítimo preguntarse qué sentido tiene recuperar un vestigio histórico si después una nueva actuación urbana dificulta su lectura hasta convertirlo casi en un elemento oculto. Podemos gastar millones en recuperar una parte del pasado y después volver a cubrirla visualmente con una intervención nueva. Eso es engañar a la memoria.

Hay una imagen que sirve muy bien para explicar lo que hemos perdido por el camino: la de los calafates trabajando en la playa del Acequión. Cuesta imaginar hoy aquel paisaje: los barcos, la madera, las herramientas, los hombres trabajando junto al mar. Torrevieja nació y creció vinculada al mar y a las salinas, y las actividades marítimas formaron parte de la economía y de la vida de la población. Los calafates ya no están allí, pero permanecen en la memoria de quienes los conocieron, en las fotografías y en las historias que todavía pueden contarse.

Precisamente ahora, el Ayuntamiento ha aprobado impulsar la creación de un Archivo Municipal de Memoria Oral para recoger testimonios sobre costumbres, tradiciones, oficios, barrios, gastronomía y actividades relacionadas con el mar y las salinas. Es una iniciativa necesaria que también contiene una paradoja: si necesitamos crear un archivo para recuperar la memoria de aquello que hemos ido perdiendo, quizá deberíamos preguntarnos qué hemos hecho para conservar los lugares que permitían mantener viva esa memoria.

El Ayuntamiento no solo conserva la ciudad cuando construye nuevos equipamientos o rehabilita un edificio. También decide qué permanece cuando derriba, sustituye, transforma o urbaniza. Justo aquí es donde el crecimiento turístico merece una reflexión. Torrevieja siempre ha estado vinculada al turismo. El problema no son los turistas. El problema aparece cuando una ciudad empieza a organizarse más pensando en quien viene de visita que en quien vive aquí todo el año.

Entonces los bares y comercios tradicionales pierden espacio, los lugares de encuentro desaparecen, determinados espacios públicos se convierten en escenarios de consumo y la ciudad se parece cada vez más a tantas otras ciudades turísticas. No es necesariamente peor, pero ya no es tan nuestro.

Los que vivimos aquí no somos simplemente quienes permanecemos cuando se marchan los visitantes., somos quienes hacemos ciudad durante todo el año. Por eso ha llegado el momento de preguntarnos cómo hacer que Torrevieja sea cada vez más habitable para quien se queda: más espacios públicos de verdad, más comercio de proximidad, mejores servicios e infraestructuras y más lugares de encuentro. Y, sobre todo, una política de patrimonio que entienda que una ciudad no puede recuperar indefinidamente lo que antes permitió desaparecer.

En mi exposición IMBORRABLE, que puede visitarse en la Casa de Cultura de Guardamar del Segura hasta el próximo 16 de octubre, trabajo precisamente con esa idea: nada desaparece por completo.

En una pintura, una capa puede cubrir a otra. La nueva imagen transforma la anterior, pero debajo permanecen manchas, gestos, trazos y huellas de lo que hubo antes. Con las ciudades ocurre algo parecido. Torrevieja está llena de capas. Algunas todavía podemos verlas. Otras solo sobreviven en nuestra memoria. Los calafates del Acequión son imborrables. También lo son aquellos bares, aquellos comercios, aquellos sabores, aquellos edificios y aquellos lugares que forman parte de quienes conocimos otra Torrevieja.

Pero hay una paradoja cada vez más evidente: aunque algunas cosas permanezcan imborrables en nuestra memoria, quienes conocimos aquella Torrevieja cada día la reconocemos menos.

Quizá ese sea el verdadero problema de quienes gobiernan la ciudad: que mientras cambian Torrevieja, mientras añaden nuevas capas, van borrando todas las anteriores.

Desde luego, Torrevieja se merece crecer, pero no olvidar.

       Artículo de Jaime Aniorte

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