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Las olas de calor nos obligan a repensar el modelo de ciudad

Porque quizá el debate sobre el calor no debería empezar cuando se activa una alerta roja. Debería empezar mucho antes.
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En Torrevieja sabemos convivir con el calor. Forma parte de nuestra vida, de nuestro
paisaje y de esa imagen de ciudad mediterránea que durante décadas hemos construido
alrededor del sol y del mar. Pero hay una diferencia entre vivir con un verano caluroso y
empezar a vivir veranos en los que el calor condiciona cada vez más nuestra rutina.
Este verano hemos vuelto a verlo. Ante una alerta roja y previsiones de hasta 42 grados,
Torrevieja tuvo que suspender actividades al aire libre, cerrar parques y jardines y
habilitar dos espacios como refugios climáticos. No es extraño que una ciudad tome
medidas ante un episodio extremo. Lo interesante es que cada vez resulta menos sencillo
considerar estos episodios como algo extraordinario.
Mientras tanto, en otras ciudades empiezan a aparecer soluciones que hace unos años nos
habrían parecido propias de situaciones excepcionales. Valencia ha desarrollado una red
de refugios climáticos utilizando espacios municipales y culturales. Madrid ha
incorporado incluso mercados municipales a su estrategia frente a las altas temperaturas.
Y este verano el Gobierno ha presentado una red estatal de espacios públicos destinados
a proteger a la población durante episodios de calor extremo.
No hace falta convertir esto en una competición entre ciudades. Pero sí puede servirnos
para mirar alrededor y preguntarnos qué estamos haciendo y, sobre todo, qué podríamos
hacer mejor.
Porque quizá el debate sobre el calor no debería empezar cuando se activa una alerta roja.
Debería empezar mucho antes.
En una ciudad mediterránea, la sombra debería formar parte de la planificación urbana.
También el arbolado, los espacios verdes, los lugares donde sentarse o la posibilidad de
recorrer una calle sin quedar expuesto al sol durante todo el trayecto. Son decisiones que
muchas veces parecen secundarias hasta que llegan los 40 grados. Entonces entendemos
que no lo son tanto.
Lo mismo ocurre con los edificios públicos. Una biblioteca, un centro cultural, un
pabellón deportivo o un centro de mayores pueden ser muchas cosas a la vez. Pueden
prestar un servicio durante todo el año y, llegado el momento, convertirse en un espacio
de protección frente al calor.
Torrevieja ya ha utilizado algunos de ellos como refugios climáticos. Quizá el siguiente
paso sea pensar si estas soluciones pueden formar parte de una planificación estable y
conocida por la ciudadanía, en lugar de aparecer únicamente cuando la situación se vuelve
extrema.
Pero el calor no se queda en las calles.
Está también en los lugares donde pasamos buena parte de nuestra vida.

En los colegios e institutos, por ejemplo. Durante años hemos hablado de educación
pública pensando en ratios, recursos, infraestructuras o calidad educativa. Pero hay algo
mucho más básico que también condiciona el aprendizaje: poder estudiar en unas
condiciones adecuadas.
No todos los centros tienen las mismas condiciones de climatización, y las altas
temperaturas convierten esta cuestión en algo que va más allá de la comodidad. Si
queremos hablar de igualdad educativa, también deberíamos preguntarnos en qué
condiciones estudian nuestros alumnos cuando las temperaturas alcanzan niveles
extremos.
Y después están quienes no pueden refugiarse.
Quienes trabajan en una terraza, en una obra, en la limpieza, en el mantenimiento,
repartiendo mercancías o realizando cualquier otra actividad al aire libre no pueden
simplemente esperar a que pase la ola de calor. Para ellos, el calor forma parte de la
jornada laboral.
Aquí las decisiones importan: horarios, descansos, protección, organización del trabajo y
capacidad de las administraciones para hacer cumplir las medidas existentes.
Porque el calor afecta a todos, pero no todos lo vivimos de la misma manera.
Una persona mayor que vive sola, una familia que no puede permitirse mantener el aire
acondicionado durante todo el día, un niño que pasa horas en un aula calurosa o un
trabajador que permanece bajo el sol no parten de la misma situación que quien puede
protegerse fácilmente de las altas temperaturas.
Y esto es importante porque una de las funciones de las instituciones consiste
precisamente en reducir esas diferencias cuando una circunstancia afecta de manera
desigual a la población.
Torrevieja tiene, además, un reto añadido. Durante el verano nuestra población y el uso
de determinados espacios aumentan considerablemente. Las calles, las playas, el
transporte, los parques y los servicios municipales soportan una presión mayor
precisamente cuando las temperaturas son más elevadas.
Queremos una ciudad activa durante el verano, pero necesitamos que esa ciudad siga
siendo habitable. Y eso obliga a tomar decisiones.
No solamente sobre qué hacer cuando llegue la próxima alerta, sino sobre cómo queremos
diseñar Torrevieja para los próximos años.
Quizá haya que plantar más árboles, aunque tarden años en crecer. Quizá haya que
repensar algunas plazas. Quizá haya que adaptar horarios. Quizá haya que mejorar las
condiciones de determinados centros educativos. Quizá haya que ampliar los espacios
que puedan funcionar como refugios. Quizá haya que prestar más atención a quienes
trabajan en la calle.

Ninguna de estas medidas, por separado, va a solucionar el problema del calor. Pero las
ciudades tampoco se transforman con una única decisión.
Se transforman acumulando decisiones.
Y aquí está, para mí, la parte más importante: el cambio climático también va a obligarnos
a replantearnos qué entendemos por una ciudad bien diseñada.
Durante mucho tiempo hemos pensado en la ciudad en términos de edificios, carreteras,
viviendas, turismo o crecimiento económico. Ahora tendremos que añadir una variable
que cada vez pesa más y esla capacidad de seguir viviendo en ella cuando las condiciones
sean más difíciles.
No se trata de dejar de disfrutar del verano ni de asumir que Torrevieja tiene que
convertirse en una ciudad cerrada durante los meses de calor. Se trata de algo mucho más
sencillo: que el calor no termine determinando quién puede disfrutar de la ciudad y quién
no.
Porque quizá adaptarnos al cambio climático no consista únicamente en aprender a
soportar mejor los veranos que vienen.
Quizá consista en tomar, desde ahora, las decisiones que permitan que dentro de diez años
sigamos pudiendo vivirlos de la mejor manera posible.

Julia Ribeiro

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