
Hace unos días hablaba con mi hijo sobre lo ocurrido en Ceuta y me di cuenta de algo: trataba de responder a sus preguntas sobre una historia rodeada de más desinformación que certezas. Y, antes de intentar explicársela, tenía que separar los hechos de las teorías conspiranoicas, los fotomontajes, los mensajes interesados y todo ese ruido que termina confundiendo más que aclarando.
Le explicaba que todos opinamos porque no cuesta dinero, ni siquiera demasiado tiempo. Pero que la gente de a pie no conocemos los entresijos de la diplomacia marroquí, no trabajamos en inteligencia ni sabemos qué ocurrió dentro de cada despacho. Así que sabemos lo que hemos podido leer, ver y escuchar, aunque hoy eso tampoco basta para tener la certeza de estar en lo cierto.
Le planteé que lo revolucionario, hoy, puede ser parar, dudar y pensar.
Parar, porque ni hoy ni mañana sabremos quién hizo qué, quién no hizo qué ni por qué. Dudar, porque todavía no tenemos respuestas válidas sobre si hubo un fallo de previsión, de valoración u otros errores evitables. Y pensar porque, mientras pasan los días —y con ellos las oportunidades de encontrar soluciones rápidas— y seguimos escuchando discutir sobre quién dejó la puerta abierta, miles de personas continúan en esperando una solución de alojamiento y cerca de 1.000 menores siguen todavía en las calles, pendientes de ser identificados y acogidos.
Hablando con mi hijo recordé la primera pregunta que me vino a la cabeza aquel 30 de julio:
¿Qué tiene que pasar en la vida de una persona para que un mensaje en una red social diciendo que una frontera está abierta sea suficiente para echarse a la calle y correr hacia el otro lado?
Muchas de las personas que cruzaron eran chicos jóvenes, como mi hijo, que tiene 18 años. Le dije:
«Imagínate que mañana recibes un mensaje diciendo que durante unas horas se han relajado los controles de Gibraltar y que todo español que consiga entrar podrá quedarse allí a vivir. ¿Cogerías una mochila, viajarías hasta La Línea y te lanzarías al mar?».
Mi hijo puso esa cara de: qué absurdo, mamá.
Está bien, le dije. Podemos hacer el mismo ejercicio con un chico polaco. Decirle que Bielorrusia ha abierto su frontera y que quien consiga cruzarla podrá quedarse allí. ¿Correrían decenas de miles de jóvenes polacos hacia Bielorrusia?
No. Claro que no.
Llegamos a la conclusión de que los jóvenes españoles o polacos no son más inteligentes ni menos manipulables por las redes sociales que otros. Simplemente, entre la vida que tienen y la que imaginan al otro lado de esas fronteras no existe una mejora que justifique semejante acto y semejante riesgo.
Y ahí está, creo, una de las claves que olvidamos cuando reducimos todo esto a si una frontera estaba abierta, cerrada o suficientemente vigilada.
Una frontera «abierta» pudo actuar como oportunidad y los mensajes en redes como detonante. Pero el deseo de cruzarla ya estaba ahí. Lleva mucho tiempo ahí. Solo durante la semana anterior habían llegado a Ceuta a nado más de 1.500 personas.
Si miles de personas marcharon hacia Ceuta es porque el deseo estaba ahí. La convicción de que al otro lado podía haber una vida mejor estaba ahí. Los miles de personas que quieren llegar a Europa llevan mucho tiempo ahí, tocando a la puerta.
Todavía no sabemos quién prendió la mecha, pero todos sabían —sabíamos— que había combustible. Los informes conocidos apuntan a que hubo quien decidió aprovecharlo. Y hacerlo significaba jugar con personas que soñaban con otra vida, alimentar la idea de que aquel era su momento y convertir sus expectativas de futuro en una herramienta de presión política.
Y no sería algo nuevo.
En 2021 Bielorrusia facilitó la llegada de personas procedentes de países como Irak o Siria y las condujo hacia las fronteras de Polonia, Lituania y Letonia. La Unión Europea habló entonces abiertamente de instrumentalización de migrantes con fines políticos. Personas que pensaban que viajaban hacia una oportunidad acabaron atrapadas frente a una frontera europea.
Turquía también utilizó la presión migratoria sobre la frontera griega en 2020 dentro de su pulso con la Unión Europea.
Dicho de una forma mucho más sencilla: no es la primera vez que alguien utiliza la necesidad, la desesperación o la esperanza de otras personas para conseguir un objetivo político.
La migración ha pasado de ser únicamente un fenómeno humano, económico o social a convertirse también en un arma política. Un movimiento humano no lleva tanques ni bayonetas, pero puede ejercer presión sobre una frontera y sobre un Estado.
Y después viene Europa.
Tras lo sucedido en Ceuta, algunos países europeos, como Finlandia, Dinamarca o Italia, aprovecharon inicialmente la crisis para endurecer su discurso migratorio y presionar a España, mientras posteriormente la Unión Europea trataba de encauzar la situación como un problema común de frontera exterior.
Italia dio un paso más y restableció controles con España dentro del espacio Schengen. Sí, Italia, que recibe prácticamente el doble de entradas irregulares que España.
Otra vez la inmigración colocada en el centro del debate político. Mira Alemania.
Alternativa para Alemania (AfD) ha seguido creciendo y ha convertido la cuestión migratoria en una de sus grandes banderas políticas.
Mira España.
Vox lleva años haciendo de la inmigración uno de sus principales ejes políticos. Y el Partido Popular también ha endurecido algunas de sus propuestas. Esta misma semana, Feijóo ha planteado retirar la nacionalidad adquirida a quienes cometan determinados delitos graves, una medida similar a otra que su partido había rechazado anteriormente cuando la propuso Vox.
Ambos partidos, como otros de la derecha europea, saben que la inmigración moviliza voto. Y para hacerlo funciona una asociación muy simple, repetida una y otra vez: inmigración es peligro, inseguridad, delincuencia y amenaza.
Y todo esto se hace a costa de algo muy serio.
A costa de convertir en argumento electoral la vida de personas que llegan con necesidad o, simplemente, buscando una oportunidad. Y también a costa de quienes ya estamos aquí.
Las elecciones pasan. Los gobiernos cambian. La crisis de Ceuta desaparecerá de las portadas y dentro de unos meses estaremos discutiendo apasionadamente sobre otra cosa.
Pero las palabras se quedan. El miedo y el odio que determinados discursos avivan y rentabilizan se quedan entre nosotros. A veces aparecen sin tapujos y otras simplemente asoman la patita tímidamente: en las conversaciones entre amigos, en las casas, en las aulas, en los trabajos, en la forma en que miramos a quien se sienta a nuestro lado en el Metro o a quien espera con nosotros en una sala de urgencias.
En este punto de la conversación con mi hijo acabaron saliendo nombres como Lamine y Nico Williams y la hipocresía con la que al rico se le llama extranjero y al pobre, inmigrante. Y sobre lo que acabamos de ver en un campo de fútbol. Una camiseta decía “Todos somos caballas” y varios jugadores decidieron no mostrarla como el resto. Mbappé explicó después que su solidaridad estaba también con los migrantes que sufren o mueren en el camino. Y pensé que quizá esa escena resumía bastante bien todo esto. ¿De verdad tenemos que elegir? ¿Para preocuparnos por la gente de Ceuta tenemos que dejar de mirar a quien se juega la vida y muere tratando de llegar a su frontera? ¿Y para defender la dignidad de quien migra tenemos que fingir que una llegada masiva no provoca miedo, dificultades o problemas reales en una ciudad?
Reflexionamos juntos sobre si lo que de verdad incomoda no es tanto la diferencia cultural como la pobreza, la necesidad. Y sobre cómo determinados discursos han conseguido que, cuando vemos a una persona necesitada, nuestra primera pregunta no sea qué le ha ocurrido o qué espera encontrar, sino qué peligro representa para nosotros.
Me siento afortunada cuando converso con mi hijo. Tenemos la suerte de encontrar momentos para hablar sin prisa, preguntarnos cosas, no siempre estar de acuerdo y seguir tirando del hilo juntos. Y creo que ambos lo disfrutamos.
Reconozco que, aunque intento no caer en el sermón de madre, casi siempre termino colando alguna reflexión sobre cómo mirar a los demás o qué hacer con lo que uno piensa. Acabé recordándole algo de lo que es muy consciente: que hemos nacido en un lugar donde, con todos sus problemas, no necesitamos cruzar una frontera a nado para tener un futuro. No hay ningún mérito en eso. Es puro azar.
Podríamos haber nacido en otro sitio, en otra familia, en otras circunstancias. No pretendo que mi hijo se sienta culpable por ser afortunado. Solo quiero que no lo olvide. Ninguno de nosotros debería hacerlo.
Qué menos que, antes de juzgar, intentar entender. Qué menos que mirar un poco más allá de la frontera y preguntarnos qué hay detrás. Y, sobre todo, quién hay detrás. Qué menos que parar, dudar y pensar.
Carol Ponce es concejala del PSOE en el Ayuntamiento de Torrevieja
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