
No hace mucho asistí a una concentración convocada por el colectivo “Vivas Nos Queremos”, a la que fui invitado y animado a acudir por mi amiga Mari Carmen Cerezo. La concentración transcurrió con total normalidad, aunque también con la frustrante indiferencia y frialdad de muchas de las personas que pasaban por la plaza de la Constitución.
Y el tema, créanme, no es para ello, debido al alarmante e incesante crecimiento del machismo en nuestro país. El machismo mata, y las estadísticas están ahí para demostrarlo. Me preocupa que estas situaciones puedan llegar a normalizarse en una sociedad insensible que no sepa reaccionar con la contundencia que merecen.
Tengo que decir que fui el único hombre que asistió a esta concentración. De hecho, fui recibido con entusiasmo por parte del colectivo.
Y es que el problema del machismo no es una cuestión exclusiva de las mujeres. Nos atañe a toda la sociedad y, muy especialmente, a los hombres.
Durante generaciones se educó a las mujeres, desde una visión profundamente masculina, bajo el ideal de la mujer perfecta: esposa, madre y sostén de un universo creado por el hombre para satisfacer egoístamente sus propias necesidades, como bien refleja Agustín Gómez Arcos en su libro El cordero carnívoro.
A raíz de esta reflexión, y pensando en qué herramientas pueden utilizarse, al margen del Código Penal, para corregir y mejorar estos comportamientos machistas, conocí una iniciativa impulsada por un colectivo de hombres de la ciudad de Elche bajo el título “El coraje de sentir”.
La propuesta de este taller vivencial para hombres consistía en trabajar emociones y conceptos como el poder de la vulnerabilidad, entendida como una fortaleza y no como una debilidad; comprender que sentir no nos hace débiles, sino humanos; aprender a canalizar la rabia y la tristeza; y reflexionar sobre los mandatos que hemos recibido desde pequeños acerca de qué emociones se nos permitía expresar por el hecho de ser hombres y cuáles no.
Se trata de iniciativas que deberían empezar a desarrollarse desde la infancia para contribuir a erradicar comportamientos machistas y patriarcales y permitirnos soñar con un futuro más justo y deseable, lejos del incesante goteo de agresiones y de víctimas provocadas por el machismo.
Salva Torregrosa
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